…Y los Dioses Ocultos hicieron su aparición en el Palacio de los Deportes

Por: José M. Viniegra/Fotografías: Lulu Urdapilleta

c38:30 de la noche, Palacio de los Deportes. La espera ha sido larga. Los silbidos exigen un pronto comienzo del concierto y llenan plenamente el domo. Se escucha por allá: “¿Qué banda abre?” “Espero que ninguna; que empiecen directo”. El grupo que genera tal ansiedad: Caifanes.

Uno a uno van entrando al escenario los integrantes de la excelsa banda (actualmente integrada por Alfonso André (batería), Sabo Romo (bajo), Diego Herrera (teclado y saxofón) y Saúl Hernández (guitarra y voz)) misma que lanzó debut con el disco homónimo en 1988, nacida de aquél lejano y nostálgico pasado en que brillaran Las Insólitas Imágenes de Aurora.c6

Así, el estruendo de los aplausos, los silbidos y los golpes sobre el suelo inundaron con emoción sentida el amplio lugar ayer, 11 de diciembre.

Saúl Hernández fue la gota que, soberbiamente, derramó la copa. Los años hacen mella en su piel y nos recuerda con esto la Madre Tierra y su entrega a ésta, a sus ritos; asimismo, a la “raza” que somos. A veces, Saúl me recuerda a los chamanes que curan el alma; sólo que en su caso y el de la banda completa, esto se logra a través de la música.

c10Temas de enorme peso y tamaño en la historia de Caifanes sonaron este invierno de 2016; algunos como: Perdí Mi Ojo de Venado, Los Dioses Ocultos, La Célula que Explota, Antes de Que Nos Olviden, Mátenme Porque Me Muero, entre otros varios más de sus éxitos, reventaron al unísono en coro, evocando inmediatamente aquellos ayeres (nuestro presente también) en que cantábamos a una sola voz estas rolas de gran tamaño. El Palacio albergó al menos el equivalente de tres generaciones en su haber. Edades que corrían de los 20 años hasta los 40, por dar un estimado somero.

El escenario fue magistralmente inundado con un juego de luces de distintos tamaños, formas y colores y con una tenue y nada saturada bruma que pinto el aire con su excelente manipulación. Las pantallas en que se proyectaba la imagen de cada uno de los genios de Caifanes, en color, en sepia, o en blanco y negro, nos entregaron de manera artera la emoción que los embebía.c5

Añadamos, como parte de este evento, la definición que les precede: en el lenguaje urbano, un Caifán es aquel que se resiste al engaño y a las compensaciones materiales, quien busca en el alma su recompensa. Así, las palabras que Saúl dijo a la gente -adicionalmente a sus constantes agradecimientos y sentidas muestras de humildad, donde lo importante es la razac1que el cambio no está allá, en las grandes instancias o enormes edificios de gobierno. El cambio está en cada uno de los que salimos a trabajar, y que en ello entregamos la vida: “Nunca nadie nos podrá parar…”

Esta fue la gran noche, intangible e inolvidable, entre nuestra Ciudad de México y uno de los grupos de más fuerte trascendencia en el Rock Contemporáneo en español: los Caifanes. Estando  las gradas, imaginé que ante sus ojos, todos nos veíamos iguales, pues de noche todos los gatos son pardos. Y yo, como todos los asistentes, pardo me duermo y pardo te sueño.

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