33 días de cine de terror: “La casa de la colina embrujada”

RECOMENDACIÓN 31 DE 33

LA CASA DE LA COLINA EMBRUJADA (1959) del artesano director William Castle.

La más acertada de las combinaciones: Un director que disfrutaba enormemente de hacer películas de bajo presupuesto con el toque de terror, pantomima y humor negro más uno de los actores más representativos del cine de misterio, asesinato y espantos, Vincent Price.

De hecho, jamás hubo una química de trabajo tan buena como la de Castle y Price en donde prácticamente el director solo indicaba los tiempos para que el actor se desenvolviera (casi improvisando) como si de verdad tuviera a todo el staff de invitado a su casa para jugarles una de las más malévolas bromas. Esto dio como resultado una extravaganza de horror y comedia negra donde un millonario invita a cinco supuestos desconocidos a pasar una noche en una mansión que supuestamente está embrujada.

Una vez dentro, las puertas son cerradas para no abrirse hasta la mañana siguiente. Bajo esta premisa, Castle lleva al espectador a una serie de secuencias que ahora son hasta inocentes debido a lo burdo de su realización para “aterrar” a los personajes pero que no son sino artefactos y situaciones hechas con ese propósito: Burlarse tanto del espectador como de algunos actores a los que no se les aviso previamente que era lo que iba a pasar mientras filmaban una escena. A esto sumamos una atracción en algunos cines donde se estrenó la película llamada por el director el “Emergo” que prometía a los asistentes de esas exclusivas salas el vivir en carne propia los miedos que sentían los personajes en la película.

EL Emergo no era sino un truco de feria, muy al estilo de William Castle, en el que gracias a unas poleas y rieles en el techo del cine, varios esqueletos salían de la nada por encima de los espectadores rozando con los esqueléticos pies las cabezas de los mismos. Por supuesto que esto fue un éxito colosal y mantuvo a la película mucho tiempo en pantalla. La película, aun en nuestros días, resulta aterradoramente atractiva y con el tremendo atractivo de ver a un Vincent Price en el tope de su carrera con un personaje bordado a su personalidad.

Un filme con toda la manufactura del cine de la década de los años cincuenta; disfrutable al máximo en una sesión casera – aún sin esqueletos de plástico – de maratón de cine de terror de todos los tiempos.

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