Por: Renata Barreiro
La experiencia inmersiva de Leonora Carrington llega a la Ciudad de México como una invitación a entrar —literalmente— en su universo. El legado de la artista, escultora,
pintora y escritora surrealista cobra vida en un laberinto mágico que no solo se
observa, se atraviesa.
El recorrido inicia en un museo donde se expone su biografía: sus inicios, los momentos que marcaron su vida y las claves de su obra. Desde la primera sala queda claro que su espíritu libre e irreverente no fue una etapa, sino una forma de existir.
La experiencia se presenta en el Centro de las Artes Inmersivas, en General Prim 90, con una duración aproximada de 45 minutos y una temporada limitada. Los boletos están disponibles a través de Fever

✧ La arquitectura invisible del laberinto mágico ✧
Detrás de esta experiencia hay un entramado de colaboraciones que hacen posible que el universo de Carrington se habite sin traicionarlo. La muestra es producida por Fever en conjunto con el Consejo Leonora Carrington Council, organismo que resguarda y vela por el legado de la artista. La curaduría, es decir, la selección y validación de las obras, corre precisamente a cargo de este consejo, garantizando que cada pieza y cada decisión respete la esencia original de su trabajo.
A su vez, el desarrollo creativo y la construcción del entorno inmersivo fue realizado por el estudio Cocolab, especializado en experiencias sensoriales, que diseñó la escenografía, iluminación y narrativa espacial del recorrido. El proyecto, además, tomó varios años en concretarse, en un proceso donde participaron también figuras cercanas al legado de la artista, como su hijo, quien facilitó el préstamo de obras originales.
Es decir: este laberinto no solo se inspira en Carrington, está cuidadosamente construido para dialogar con ella.

✧ El arte como respuesta en tiempos de violencia ✧
Hay algo profundamente inquietante, y también esperanzador, en la vigencia de
Leonora Carrington. No porque su obra haya sido diseñada para dialogar con nuestro
presente, sino porque, como toda gran visión artística, se adelantó a él. Hoy, en un
México atravesado por la violencia, la incertidumbre y la fragmentación de sentido, su universo simbólico no se siente lejano: se siente necesario.
Pensar a Carrington desde un enfoque vanguardista —es decir, desde esa mirada que
reconoce el arte como un campo de disputa simbólica frente al caos social— implica
entender su obra no solo como surrealismo, sino como resistencia. En un mundo donde
lo real se vuelve cada vez más insoportable, lo onírico no es evasión: es una estrategia. Carrington, nacida en Clayton Green y exiliada emocional y geográficamente en Ciudad de México, construyó un lenguaje propio donde lo femenino, lo animal, lo mágico y lo inconsciente no eran ornamentos, sino territorios de poder. En ese sentido, su obra se
vuelve política, aunque nunca haya sido panfletaria. Frente a la violencia
estructural que hoy se recrudece en
México —desapariciones, feminicidios,
deshumanización cotidiana—, Carrington nos ofrece una clave: reimaginar el mundo desde otras lógicas, romper con las narrativas dominantes que normalizan nuestro día
a día.
Su universo está habitado por criaturas híbridas, rituales secretos, cuerpos que mutan. Pero más allá de lo estético, hay una insistencia en lo invisible, en lo que no se puede nombrar fácilmente. Y ahí está su potencia hoy: en una época donde el lenguaje se queda corto para describir los tiempos híper digitalizados y complejos, el arte de Carrington abre grietas. Nos permite sentir sin necesidad de explicar. Nos permite, incluso, procesar.

✧El efecto social de la experiencia inmersiva de Leonora Carrington✧
La reciente experiencia inmersiva del laberinto mágico en el Centro de las Artes Inmersivas no es solo un homenaje, es una reactivación. Caminar por ese laberinto es entrar en una narrativa donde no hay jerarquías claras, donde perderse es parte del proceso, donde lo racional deja de ser el centro. Y en un país que busca constantemente explicaciones, justicia, respuestas —muchas veces sin encontrarlas—, esa invitación a habitar la incertidumbre desde lo simbólico se vuelve casi terapéutica.
Desde una mirada vanguardista, podríamos decir que este tipo de experiencias no son un lujo cultural, sino una urgencia social. El arte, cuando logra romper la linealidad del pensamiento, cuando nos confronta con lo extraño, tiene la capacidad de desmontar imaginarios violentos y proponer otros posibles. No es casual que, en medio de contextos adversos, surjan con más fuerza este tipo de propuestas: son intentos de recomponer el tejido emocional colectivo.
Carrington no nos ofrece respuestas claras. No hay moraleja en sus obras. Pero sí hay una intuición poderosa: que el mundo puede ser de otra forma si nos atrevemos a imaginarlo distinto. Y en un México donde la realidad a veces parece cerrarse sobre sí misma, esa posibilidad —aunque sea desde lo fantástico— es profundamente política.
Quizá por eso hoy, más que nunca, necesitamos entrar a ese laberinto. No para escapar de la realidad, sino para regresar a ella con nuevas formas de nombrarla, de sentirla, de transformarla.
