DOS EXPERIENCIAS, UN PUNTO DE VISTA: 19 DE SEPTIEMBRE

Por: José M. Viniegra

21617859_10154827081944147_5281467905212340472_nTenía 5 años cuando sucedió el temblor del 85 aquel 19 de septiembre. Salía de la recámara cuando caí al suelo. Le dije a mis padres, “Estoy mareado”. Mi madre contestó, asustada, “¡No! ¡No estás mareado, está temblando!”. Permanecimos en calma y el terremoto concluyó. Dios debe ser grande (creo en él pese a las ciencias que he estudiado): mi casa no sufrió daños sino los mínimos, aun con sus dos pisos de altura. Pero es cierto también que a esa edad no alcancé a entender la magnitud ni lo que había como hechos tras los tantos montones de escombros que poblaban las calles del entonces Distrito Federal, de sus predios; aun si pasábamos en auto y asombrados decían mis padres: “¡Dios! ¿Ya viste? El Regis también se vino abajo” y cosas de ese estilo.

Me es difícil asimilar todo lo que ha pasado. Debe ser la conmoción y los muchos factores21752342_10154827081359147_5134916169660957226_n que veo en ello: la fecha en que sucede de nuevo, la intensidad con que se da, la improbabilidad de una repetición así y el pensamiento de que lo que pasó el 19 de septiembre de 1985, a las 7:17 a.m., no podía repetirse. Debe ser la conmoción… ´pero estaba ocupado y corrigiendo textos cuando la alerta de simulacro sonó. Pensé, contra todo pronóstico -y me disculpo por la osadía- en lo irónico que resultaría que temblara tras la alerta (aludiendo justo a lo que pasó el 7 de septiembre, cuando sonó la alerta sin sismo y al día siguiente tiembla). Creí saber que era absolutamente improbable que algo así ocurriera. A veces, uno vive creyendo que ciertas cosas nunca pasarán.

21617471_10154827079839147_4299600335572528571_nMiren qué absurdo puede uno llegar a ser en su certeza -y yo fui uno-:

Irónico y como un mal karma para mi absurdo, en sólo un par de horas comenzó el movimiento  trepidatorio.  Juré que no había sentido este tipo de movimiento en un largo periodo. Luego, tras notar su intensidad, pedí en mis adentros que no fuera oscilatorio. Sin embargo… lo más paradójico y quimérico se presentó cuando a éste siguió un movimiento oscilatorio con una intensidad que no había vivido hacía 32 años. Sólo atiné a decir en voz alta, en medio de mi soledad, “No puede ser. No puede ser. Esto no puede estar pasando. No es posible”; pero lo era. Busqué un sitio más o menos seguro, sin dejar de repetir la misma frase, pues desde el momento en que se sintió la mayor intensidad supe que era inminente que algunos edificios colapsaran. Así que no quise creerlo.

Muchos trabajamos o hemos laborado en los edificios de la ciudad, y así nuestras21752168_10154827082089147_4297801744571747014_n familias o amigos. Lo que vino lo vivimos todos: llamadas por celular o teléfono fijo sin poder contactar con la familia. Falta de luz. Noticias en radios a baterías que no eran aún muy contundentes o claras. Información imprecisa acerca de cuáles edificios habían colapsado.

El 19 de septiembre, como augurio o advertencia, se había repetido. Lo único que restaba y resta aún por hacer es ayudar. Y México ha respondido como los grandes.

21616351_10154827082259147_1220945461900347884_nLamentablemente, no han estado ausentes las noticias en la radio o en las redes sociales acerca de gente que ha aprovechado la situación para robar o asaltar; de gente que tomó víveres para beneficio propio. Autoridades que hacen lo mismo. Ayuda a la que se le prohíbe llegar directamente al sitio al que está destinado por la población. Ya suena demasiado, tras cada desastre, el robadero por parte de los que más tienen. Y resulta, además, que son los mismos de siempre. Pero se ve por igual un México unido. Un México con un corazón enorme. Un México sin diferencias entre sí.

Sólo acierto a pensar que mi gente es gente grande, y que esa desunión que se nota a21751922_10154827082524147_7728266926846572335_n veces, esos roces de coraje que se dan en los transportes públicos o en las calles, se deben a tanta y tan constante supresión económica y física por trabajos mal pagados y jornadas extenuantes.

Pero la supresión siempre viene de un porcentaje bajo de personajes. Nuestra gente, la que apoya en situaciones de emergencia como la que hemos vivido, la que he visto estos días en los centros de acopio y en sitios donde varios edificios se desplomaron, no requirió de organización alguna, de altos mandos ni de directivos. Nuestro México tiene el poder de organizarse y hacer las cosas bien por sí mismos. Le viene del corazón. Ojalá, pienso, algún día se puedan liberar de la supresión que se sufre cada día (y que viene de sólo un 20% de la sociedad), porque igual mata, aunque poco a poco.

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