LICUADO DE TRIPAS: EL PLACER DE LOS POBRES

Por: Aldo Spazzino

aldo-columnaSiendo un adolescente, cuando aún vivía con mis padres, me ilusionaban las ferias del libro, dar el rol por Balderas o por el callejón Condesa en busca de reliquias literarias; productos al fin y al cabo. Cuando empecé a vender, vi lo fácil que era robarlos y me dediqué un tiempo al hurto de tales no porque me hiciera falta dinero, sino por la pura emoción. Hoy cuando ya he sido testigo de cómo una colección de “joyas literarias” pueden ser quemadas, gracias al odio, en minutos, son para mí más que un montón de papel y tinta que, a veces, incluso me causan alergia. Hoy he caído por el lado más bestia de la vida: vivir solo, comerciar libros e intentar escribirlos. Leo poco y escribo poco. No voy a exhibir el historial clínico al que bien podría echarle la culpa; pero sí puedo exhibir sin pudor las costras de una realidad que se ha vuelto en contra de todos.

Si soy honesto, me enfrento a la hoja en blanco, la depresión absorbe mis energías y no tengo demasiado claro qué quiero escribir; sin embargo, me aviento como gato entre los muros de la noche; como policía sobre manifestantes; como bala perdida sobre el corazón de un cuerpo vivo. Siempre estoy indeciso entre hacer esto, o lo otro y a veces termino no haciendo nada. Veo un muro de ladrillos durante horas, hablo conmigo mismo, o escucho canciones que intenten hacerme comprender lo que siento en el momento. Ahora mismo pensaba: no sé si escribirle algo a mis hipotéticos lectores o tomar la guitarra y arrancarle sonidos fracturados a las cuerdas. El compromiso moral tuvo más repercusión en mi espíritu, a pesar de saber que dentro de poco me van a olvidar, criticar o pensarán que estoy más vacío que un vaso sin whisky.trump-1

¿De qué puedo hablarles? ¿Del poco placer que siento al escribir? No me apetece; es el último sesgo de intimidad que le queda al fantasma que escribe esto. ¿Del payaso asesino que nadie sabe si existe y que sale por las pantallas y amenaza a su país vecino e inexistente? ¿De los rostros invisibles de los verdaderos dueños del mundo? ¿De niños con armas?

Una vez intenté hacer una bomba y lanzarla contra los alebrijes que se exponían en Álvaro Obregón en la colonia Roma. Representaban para mí algo que no les incumbe pero se los voy a contar: allí participaba una mujer que me había bateado y de la que empezaba a enamorarme. ¿Hace dos, tres años de ello? yo quería ver fuego mientras el alcohol y la tableta de clonazepam viajaban por mis venas como empleado de supermercado en el metro de la ciudad: no a sus anchas, sino apretujado por otro montón de cosas tóxicas. El aire invernal (que además me había dejado dos semanas antes inmovilizado por un virus extraño), se ocupó de que mi bomba no funcionara, o tal vez fuera mi ignorancia en tales menesteres.

maxresdefaultSí, el móvil fue sentimental y me avergüenza decirlo, pero tal vez en esta vagancia literaria hemos encontrado algo: es la emotividad lo que nos cala en los huesos. (El amor mueve al mundo y viceversa). Es un niño sin infancia el que dispara a sus compañeros de clase, es un holograma de pantalla el que “amenaza” con afectar a toda una nación, es una lluvia de fuego a la que estamos expuesto todos. Ya estoy harto de gritar que vivimos en las ruinas del apocalipsis, estoy harto de ver pobres emocionados por reproducirse, estoy harto de no ser quien digo ser cuando escribo (todo es mentira, niños, como dijo Albert Pla).

Pero qué va a ocurrir: nada. Los dueños del mundo seguirán siendo los dueños del mundo. Los indignados se indignarán cada día más hasta que encuentren una solución en los intestinos del enemigo, los deprimidos lo seguirán siendo en el rincón más oscuro de su cueva mientras se inventan personajes en páginas en blanco, los seres huecos llenarán su ego con armas de fuego y muerte. ¿Hay algo nuevo qué decir, qué explicar, qué mostrar? Supongo que sí, pero este texto no está para estos menesteres: como no tengo con quién satisfacer mis placeres corporales (el placer de los pobres), me voy a acariciar un pedazo de madera con cuerdas y a cantar horrible para molestar a mis vecinos. Tal vez sea mejor que unirse a la guerra-espectáculo armada o mediática.

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