TRINCHERA DESINTEGRADA: ACERCA DE LA OBRA DE OTTO DIX RECIÉN EXPUESTA EN MÉXICO

Por: Aldo Spazzino

“El arte para mí es conjuro”

Otto Dix

o1Después de la Primera Guerra Mundial, existió un limbo en el que Otto Dix sugería o imaginaba el fin del mundo: la República de Weimar, hoy Alemania. En sus grabados e ilustraciones nos muestra, desenfadado, el lado chusco de la guerra. El miedo transmutado en ridículo. En su obra nos muestra soldados desfigurados o con las tripas de fuera; prostitutas de cara grotesca y las tetas caídas siendo embestidas por soldados sedientos de descarga. En los crímenes sexuales, el circo o los mutilados de guerra, Dix profetiza algo más que la posibilidad de una carnicería (¿a quién asustan ya las noticias de asesinatos o violaciones, cuando con un botón puedes pasar a una comedia romántica en Netflix?). Dix nos advierte, con humor negro, el inicio del fin del mundo.

Una trinchera pretende ser un escondite, el agujero donde metes la cabeza como avestruz para no ser visto por el enemigo. ¿Hoy, cuando la guerra no es la carnicería que se vive cotidianamente en la calle, sino por medio de las pantallas y la publicidad, dónde podríamos crear una trinchera? En cada esquina hay una cámara registrando tus movimientos y en internet los poderes mundiales obtienen información sobre ti con sólo registrarte en alguna página popular de videos, o en cualquier red social. ¿La mente como trinchera? Es una buena idea si no fuera, la mente, una sepultura a la que estos mismos poderes te han obligado a enterrarte: la locura.o2

Otto Dix, profeta y artista plástico, sabía que todo esto iba a ocurrir. Participó en la Primera Guerra Mundial; sin miedo corría por entre las balas y luego plasmaría estas experiencias en su obra. Sus grabados sobre la guerra y los posteriores sobre el circo y el sexo, hechos al modo dadaísta, mezclando técnicas, colores y formas, cercanas a la mutilación (usando cabello real para dar más vida a sus cuadros, por ejemplo) nos avisaban desde el fin del mundo, que a éste le restaban sólo algunos días de vida. Nosotros hemos hecho lo posible por extender esos días, pero no hemos salido de la República de Weimar. Atravesamos los sesenta, ingenua época en que se creyó en la libertad absoluta para llegar a los drogadictos setenta y terminar en el nihilismo de los ochenta y noventa, que se extiende hasta hoy. Los millenials lo saben; escuchan hablar a conferencistas motivadores que se dedican al mercadeo. El nihilismo es la Gran Guerra de este siglo; espacio fértil para que uno mismo sea el Frankenstein, la obra mutilada, de sus superiores; autoridades, padres, jefes. Uno es el resultado, el bufón de circo que sueña con entrar a un reality show, a Acapulco shore. Hoy no hay carnicería, pero Dix, exiliado durante la Segunda Guerra mundial por ser considerado cultivador de la obscenidad, lo sabía, lo vislumbraba en sus obras.

o3¿Qué esperanzas quedan si no hay trincheras dónde ocultarnos, si los medios controlan nuestra mente y peleamos los unos contra los otros para subir un escalón más hacia el abismo? Otto Dix huyo, vivió en la pobreza y se volvió paisajista una vez que el Tercer Reich lo acusara de Obscenidad y le retirara el título de profesor en la universidad. Es irónico que los Nazis expusieran su obra con el fin de descalificarla. ¿No es está ironía un ejemplo de locura, un ejemplo de que el fin del mundo había llegado? Es como si alguien dedicara tiempo en publicar mi obra con el fin de exponer que soy un loco que merece el exilio. Hoy Acapulco Shore y basura similar, se muestra como expresión de inmoralidad y frivolidad; pero no hay nadie que los juzgue desde su creación. Sencillamente se muestra como un ejemplo, como un modo de vida a seguir. Después del apocalipsis, el nihilismo. Qué otra forma de vivir sobre las ruinas del mundo.

Como fuera, Dix habría de sobrevivir pintando paisajes y retratos y sobreviviría a la segunda guerra mundial para alcanzar la maestría. Para emular la técnica de “los grandes maestros”. En su juventud había echado toda su profecía apocalíptica y viviría hasta los años 60, dejando un legado de humor negro que imitarían creadores de comic underground.o4

Otto Dix nos advierte, en sus cuadros de putas grotescas, cadáveres de guerra, mutilados en las calles o jugando cartas y el circo, que el fin del mundo ha comenzado. Y que nosotros vivimos sobre sus ruinas, como advertiría el libro “La cultura del Apocalipsis” en los 80.

¿De qué sirve saber todo esto? En el museo, frente a la obra de semejante profeta, las empleadas que habían pagado su boleto, chismorreaban en voz alta con sus novios; los alternativos modernos buscaban ideas para sus nuevos tatuajes y los artistas observaban los detalles de lo más superficial de su obra. Sé que parezco juicioso pero más vale interpretar y crear una teoría que callar.

o5No hay nada nuevo en decir que vivimos sobre las ruinas del apocalipsis. Que los balazos se dan desde el control remoto o desde un teclado y un mouse. Los generales ya no guían los fusiles de los soldados; los medios guían la mente de los consumidores. No hay trinchera posible y, repito, la mente es la sepultura propia. No crean que escribir y cuestionar sirve de algo: puede que explicar y mostrar (que es lo que pretendo hacer), sea la última forma de crear una trinchera. El medio en el que escribes, Word, un blog… Pero también es posible, y más probable, que mi mente esté guiada por esos mismos medios que pretendo cuestionar. Ni tu oficina, ni tu hogar, ni internet, ni el cuadro que pintas son una trinchera; es probable que sólo sean la forma en que los poderes invisibles, telepáticamente, guían a nuestra mente.

¿Eso nos advertías burlándote de las carnicerías estúpidas, Otto Dix?

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