LICUADO DE TRIPAS: LA POSIBILIDAD DE UN CONTINENTE

Por: Aldo Spazzino

aldo-columnaNo sé qué dioses me han obligado a compartir textos con ustedes, criaturas que navegan en la red y posan sus ojos en palabras que no se planean, sino que ocurren. Ideas que brotan como heces en coladera de ciudad Neza en época de lluvias, y su densidad espiritual se desborda y ensucia los pies del universo cibernético. Escribo algo y alguno me lee (o no); se me critica la sintaxis, vuelvo a leerlo con vergüenza; corrijo errores ridículos meses después o, sencillamente, demuestro con escasa habilidad lo que soy capaz de producir y lo olvido. El caso es que algo me obliga a compartir estos textos en columnas, blogs o textos impresos. Así que una noche me di a la tarea de salir a la calle a ver cómo vive la gente y así extraer algo que pudiera decir acerca de temas que atañen a nuestra sociedad: la posibilidad de la amistad, en este caso.

Crecí en una tribu tradicional. Dentro de un ambiente con olor a peligro situado en la periferia de Ciudad de México: olor a gasolina, coladera y secreciones corporales. Éramos unidos y recelosos de cualquier persona ajena a la tribu. Mi padre había vivido un secuestro, mis hermanos asaltos que nos dejaron sin automóvil más de una vez. He salido con una mujer diez años menor que yo, poco habituada a esta ciudad y luego vamos de madrugada a comprar alcohol. Peleamos un par de veces al mes, de sangre se llenan las pupilas y horas después estamos conectados a través de alguna parte de nuestro cuerpo y a veces se ha construido un gran universo que destruimos en dos segundos, convirtiéndolo en islas habitadas por caníbales.noche-3

Después de vivir años enteros con una familia que, para trauma y trastorno de sus integrantes, nunca se ha separado, sino que crece y los ramales más lejanos, siguen en contacto. Mis concuños terminan bailando con el tío lejano que no he visto hace una década. ¿Es eso enfermizo? ¿O es eso la amistad, la familia?

El “qué buscabas valedor” de un dealer en Tepito contrasta de una manera enorme con la defensa de un “valedor” cuando, a los doce años defendías con violencia y convicción (miradas y empujones con los hombros y a veces puños) a los miembros de tu pandilla: extensión libre de tu familia. En cambio, tu valedor de Tepito te va a ver la cara quieras o no; te venderá droga de mala calidad, te robará incluso, en caso de verte demasiado pendejo. La amabilidad amistosa, y el compartir unas bebidas con el mesero de la cantina a la que acostumbras ir, el compartir esas penas con un par de bebidas sobre la mesa pegajosa de madera vieja, no se compara con la amistad que creas con tu novia de la prepa de la que no puedes separarte y a la que regresas a despreciar sobre una cama manchada de secreciones cada tanto.

Desde la ventana de la cantina desde la que escribo esto veo a una mujer inhalando solvente con una servilleta en su boca y nariz. Sonríe, es joven, lleva rastas, ropa roída y parece a gusto vagabundeando en las calles de una colonia clasemediera. “¿Otra cerveza, amigo?” interrumpe el mesero. Sí, claro, carnal. El objetivo es descubrir la realidad desde la óptica de la desinhibición.

noche-1Sigo escribiendo ideas sueltas y absurdas sobre la amistad y sobre aquellos a los que escuchaba desde una mesa rinconera. No tengo mucha idea de qué escribir exactamente, pero las ideas se derraman de un tarro: amigo es aquel que te vende algo: un personaje: el que te invita un vaso de pulque para que pagues la siguiente jarra: e incluso el taxista que no tienes idea si te va a violar o te va a dar terapia mientras te lleva a tu casa. “Lo que rápido comienza, siempre rápido termina” dice alguien en una mesa cercana.

Viene al caso recordar a dos grandes amistades perdidas. Uno de ellos, no mucho mayor que yo, diabético, débil, adicto al Rivotril, con sobrepeso, editor de libros y charlatán, fue mi amigo desde hace más de diez años. Nos dimos un par de golpes por los motivos más idiotas y, contrario a lo que dice la canción de los Ilegales (“Un minuto de oscuridad no ciega una buena amistad”), esa ceguera quedó en sus ojos azucarados por la diabetes y no nos volvimos a ver. El segundo fracaso en este proyecto de, por lo menos, reflexionar sobre la amistad: una vieja amiga que sólo lo era en momentos de ebriedad; bebíamos lo más rápido posible para sacar nuestros yoes siniestros y sinceros, nuestras lágrimas, nuestras contradicciones con la vida. Nuestro ser real. Varios fines de semana bebíamos ron a reventar, desnudábamos nuestras almas y ella se negaba a desnudar su cuerpo. Un beso sí lo aceptó. Y fue esto lo que lo jodió todo. No la volví a ver. Un golpe o un beso pueden terminar con una amistad… o pueden mantenerla en caso de que sea tu pareja (la única posibilidad de amistad que conozco, siendo hijo de un matrimonio de 60 años) quien los reciba. Todos conocemos algún ejemplo de esto.noche-4

Aquella noche, mi amiga se puso tan peda que huyo del hotel que habíamos alquilado para seguir bebiendo y abordó el último vagón del metro, sabrá Dios cuál; se quedó dormida y despertó en una estación desconocida para ella y lejana a su hogar. Por casualidad, un hombre que pasaba por allí era taxista y vivía cerca. Confianzuda lo siguió a su casa (el hombre debía recoger su auto y a su celosa mujer). No fue violada, ni robada, ni descuartizada. La pareja cristiana la atacó con una andanada de sermones y ella, casi dormida, de pronto apareció en las puertas de su casa. Cien pesos le costó aquella amistad y aquellas palabras.

Harto de escribir esa palabra me levanto de la mesa del bar y salgo después de pagar a mi amigo el mesero, cuyo posterior trato tendrá que ver con la cantidad de monedas o billetes que le deje en la charolita de la propina. Salgo, camino sobre la avenida Rojo Gómez y subo el puente peatonal desde donde tengo una vista sabrosa de un territorio gris de sobrevivientes. Bajo mis pies volaban automóviles y camionetas donde cabían cinco o seis personas abordadas por sólo una o dos. Alrededor, conjuntos habitacionales dentro de los cuales parejas o amigos se embriagaban u orinaban unos sobre otros. Antros de los que salían pequeños grupos de gente aturdida y con cara de aburrimiento, o francamente ebrios para olvidarse entre sí. Y allí abajo, a unos metros de mí, la vagabunda de rastas y ropa roída, drogada noche-2hasta las ladillas, estaba siendo arrastrada dentro de un taxi por un individuo inexpresivo. A juzgar por su expresión, bien podría haber sido su hermano, acostumbrado a las locuras de la hippie, o un violador experto y casi despreocupado. La chica no se resistía. No demasiado.

Una amistad o un crimen ocurre a unos metros de mí. Demasiado lejos para hacer algo, me siento estúpido y sin más deseos de indagar sobre ningún tema para escribir. Llego al solitario departamento y, angustiado por el futuro de aquella mujer, me siento a beber, tomar benzodiazepinas y seguir escribiendo algo sobre una idea que se me ocurrió en un bar de mala muerte: más tranquilo, con las pastillas irritándome el hígado pienso, sí: aquello es la amistad, un individuo cansado de trabajar recoge a la drogadicta de su hermana y la lleva a casa, a dormir en su cama vieja; las chinches de siempre la acarician, ella ronca tiernamente. Así es en mi relato. Fuera de estos márgenes, en lo que tú llamas realidad, podría estar ocurriendo cualquier cosa y todos lo sabemos.

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