LICUADO DE TRIPAS: UN SALTO HACIA EL ABISMO.

Por: Aldo Spazzino

aldo-columnaPara bien o para mal, en esta nueva columna escribiré de algo en lo que soy experto. Escribiré sobre Mí Mismo. Echaré sin razón un vistazo hacia el abismo de mi interior. A saber si se trata sólo de mis tripas y las interconexiones entre cuerpo y cerebro o, como dicen algunas ramas de la filosofía budista, ese mentado interior se refiera a ustedes, al mundo malicioso y divertido que se me ha construido.

Hablaré de mí mismo porque no soy experto en astrofísica, economía o ciencias genómicas, lo cual no me exime de poder escribir acerca de tal o cual tema desde mi mirada de águila miope. Mi oído de aspiradora atascada.

Por ejemplo: ¿quién podría desmentir que el clima, en esta época del año, se debe a una batalla de un pequeño sol contra la fría eternidad? ¿Quién puede explicar por qué mi humor siempre palidece un par de meses después de la Noche de San Juan (solsticio de verano) y no hay hoguera que pueda dar calor a mis atrofiados nervios? En otoño, usar abrigo y bufanda para después andar en camiseta, con las axilas manchadas de sudor a las 15:36 pm, es algo que ni los medicamentos psiquiátricos a los que luego recurro logran evitar deprimirme.

Algo me dice que no soy el único que pelea en esta lucha eterna, y que los motivos de mi depresión no son sólo climáticos.dia_de_muertos_1

Camino con el carrito entre los pasillos del supermercado. La rueda izquierda de adelante va temblando como alcohólico con cruda o yonqui con síndrome de abstinencia. Trato de ignorar el hecho mientras escucho la música apresurada sobre la que se me ofrecen rebajas en cuchillos de cocina y en carne de cerdo. Los pasillos son los mismos de siempre. Pan blanco, mermeladas, peces muertos sobre trocitos de hielo.

El papel picado que ornamenta las estanterías es lo que hace la diferencia. “Día de muertos” nos recuerda un cráneo con un par de piezas de pan a su lado. La tradición alivia la locura. La siempre útil fe resuelve el problema de cómo un cráneo va a deglutir una masa horneada si carece de garganta y estómago. O, si nos ponemos menos ateos, cómo un espíritu va a alimentarse con una ofrenda que muy probablemente incluya productos con azúcar refinada y grasas transgénicas.

El muerto vuelve, pues, del más allá, sin pena ni gloria. Sin haber podido alimentarse de las donitas glaseadas o embriagarse con el tequila reposado. El clima de la vida le espanta y regresa a su mundo helado, según la tradición, mientras que las familias que han puesto ofrenda terminan engulléndola. Y la muerte con la que queda impregnada les causa visiones. Visiones como las de este personaje que escribe y que va con su carrito de rueda temblorosa; sólo que ahora las calaveras han quedado atrás. Los ocultistas guardan sus ouijas y la gente comienza a relajarse en sus trabajos y colegios. Relajan sus mentes y miran el calendario a la vez que sus circuitos nerviosos endurecen, se congelan, se tensan como cuerdas de violines desafinados.

mexico-city-0040Luego será Jesucristo la excusa. Sudor bajo abrigos, bufandas, guantes y gorros. Armaduras a las que sólo les haría falta funda y espada para degollar a los infieles. A aquellos que no acuden a las posadas que terminan en juergas, aquellos que no comprarán regalos para navidad, aquellos que preferirán quedarse frente al monitor el 24 de diciembre. A mí, que muero de histeria en medio de las masas que compran otras masas para rellenar con embutidos. O embutidos con vida que compran masas para rellenar con masas rosadas que alguna vez tuvieron vida. La música del supermercado los apresura y la voz de las rebajas los lleva de un lado a otro.

¿Cuándo comienza exactamente la navidad que ya la vemos en anaqueles de supermercados, al lado de máscaras para Halloween? No me importa el calendario, me importa que los espíritus que se instalan tan panchos desde otoño en nuestro planeta, comiencen a metérsenos por la nariz y causar estragos en nuestra psique y masa corporal.

Por no llevar armadura, esta última navidad sufrí una infección que me hizo quedarme en cama la mitad del mes de diciembre. El dolor era tal que no podía beber agua ni comer. Mirar hacia el cielo oculto por el techo mugroso me obligó a saltar al abismo de mi interior. No lo recomiendo: abríguense, tomen chocolate calientito, reúnanse con la familia y embriáguense; pero no respiren, porque los espíritus que rondan este tiempo y espacio no respetan; tal como el calendario, que se mueve difuso sin que nosotros podamos intervenir.

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