“Y EN VERDAD OS DIGO” QUE UN DÍA COMO HOY pero de 1952 se estrena la película EL MÁRTIR DEL CALVARIO (1952) de Don Miguel Morayta

Por: Saúl Montoro


“Y en verdad os digo” que en un tiempo donde las películas que tenían que ver con la pasión de Cristo no lo mostraban de frente, el empuje creativo y valor contra lo establecido de Don Miguel hizo que pudiéramos ver a nuestro señor Enrique Rambal de frente, lado, 3/4´s, plano americano, medio, close up y todo aquello que daba gozo a la cámara de Morayta para golpear en el espíritu de los conservadores que rondaban mal encarados en el sexenio progresista de mi paisano veracruzano, el Tlatoani ex revolucionario Adolfo Ruíz Cortines.


“Y en verdad os digo” que si hablamos de cine religioso que marque pauta en la memoria colectiva nacional, no podemos dejar de mencionar EL MÁRTIR DEL CALVARIO de Don Miguel Morayta como una de las obras de humor involuntario más religiosas que haya dado el cine mexicano.
“Y en verdad os digo” que el entrañable Rambal se pulió con este cristo al que jamás se le ensucio su radiante vestimenta, su peinado de “peluquita tiesa” jamás – ¡Pero jamás! – se mostró despeinado, que siempre miraba con “ojitos de borrego a medio morir” al más desgraciado de los fariseos o a la más dueña de su cuerpo (y que como mujer de la vida disipada y siempre remunerativa sólo quería ofrecer sus servicios carnales a diestra y siniestra) pero para su mala fortuna se topaba con el compa Rambal quien ni tardo ni perezoso la aleccionaba para regresarla al camino del recato y contención pasional.
“Y en verdad os digo” que el marcado y de nacimiento acento valenciano le vino que ni pintado para soltar con fluidez los muchos sermones a todos los actores secundarios y extras con utilería de cartón y vestiduras de oropel que se paseaban por el set.
“Y en verdad os digo” que si quieren pasar un rato de sana diversión – y sin querer, recordar su niñez de cuando los mandaban al catecismo para hacer su primera comunión allá en el viejo buen barrio – no deben dejar de ver esta oda a la extravagancia de la pasión (porque, eso si, ¡Vaya que le echaba pasión don Enrique!) de cristo y todos sus compañeros de aventuras por el salvaje territorio de Nazaret hasta Jerusalén.

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