LICUADO DE TRIPAS: LA MUERTE DE LAS IDEAS O LAS IDEAS DE LA MUERTE

Por: Aldo Spazzino

“¿Cuántos libros se han quemado y olvidado? (…) ¿Cuánta sangre enrojeció la tierra?”
-Eskorbuto

aldo-columnaNo soy antifascista y reacciono con morbo cuando una injusticia ocurre frente a mis ojos sin que pueda hacer nada. ¿Quién es un súper héroe hoy en día, en esta realidad? Soy de esos que reaccionan con inmovilidad cuando ven que ocurre una desgracia ante ellos y ésta no puede ser detenida.

Dos acciones fascistas afectaron mi vida estos últimos días. El más importante y doloroso fue el de mi ex novia Luisa Zechinelli (o como carajos se escriba): nos odiábamos. Me importaba un rábano si se iba, me importaba un pepino si intentaba golpearme (de un empujón enviaría a Siria a la zotaca). Sin embargo me dio donde más me dolía. Su sangre italiana, cercana a Mussolini, le dictó una venganza digna del peor de los monstruos, y su cultura pueblerina mexicana le obligo a llevarla a cabo.

Tomó los libros que más amaba y los echó a la lavadora. Le dio play y vino a decirme: ¿ya viste tus libros? Yo con los pies cortados (habíamos abierto una botella de vino, y ella la había azotado contra el suelo). Al darme cuenta y recoger el resto de los libros, (papeles hechos bolita casi todos), me sentí como una madre recogiendo los restos de sus hijos en una guerra; me dolió más que cualquier entierro que haya presenciado en mi vida: imagino que algo similar sentiré cuando muera un familiar cercano… (Luisa, desde aquí te digo que una puñalada en el hombro la hubiera soportado mejor; pero qué carajos, lo sabías y tuviste que llegar tan lejos porque lo tuyo es morir sola).

Luisa se fue. No he vuelto a saber de ella gracias a todos mis dioses (la biografía de Crowley, mi profeta más cercano, fue el libro menos dañado, sabía que iba a ser así); no me pondré esotérico pero fue el libro que menos daños sufrió.

Una vez desahogado, disculpen la introducción cursi, el sentimentalismo abrupto. Pero esto ocurrió y de lo que quiero hablar aquí es del fascismo (matar libros) y de las ideas (buscar soluciones).

Unas semanas antes, Paula, se sirvió de una taza de café para combatir el fascismo, o lo que ella creía que era el fascismo. Lo relataré sin tanto preámbulo: estábamos en los pasillos de cierto lugar donde se ejerce el periodismo. Debo ser honesto y aceptar que tal vez la culpa fue mía por chismoso. Sí. A todos nos gusta el chisme pero hay que saber cuándo callar el hocico. Días antes del café violento, estábamos reunidos en un salón organizando cierto proyecto para crear un reportaje sobre cierto tema. Paula llegó porque tenía que hablar con uno de los asistentes: nuestro asesor, así que la dejamos entrar al salón. Cómo y cuándo, no lo sé pero Paula y Peter Hitler (llamémosle así por cierto parecido con un personaje que hace años se hizo famoso en internet y como referencia al pseudónimo que usa en facebook para referirse a sí mismo), terminaron discutiendo sobre modas acaecidas y revivals de tales como los punks y los rockabillys. Cuántas veces vi discusiones de ese tipo yo que soy un tipo de 86 años… Que si tú no eres honesta con tu propia moral por usar tales botas (¿guatdefac?); que si el otro usaba tipo de chamarras porque las empresas actuales del vestir lo dictaban así. Yo sólo miraba con mi look chespirito: pantalón negro, tenis blancos Nike (lo lamento mucho, niños indonesios), y una playera vieja de algodón bajo una sudadera corriente.

Y sí, el chismoso fui yo. Ellos ni siquiera se conocían, casi, pero fui yo, Aldo Spazzino, quien me responsabilizo de haber tenido el desatino de desatar esta guerra: Peter Hitler publicó en su muro de Facebook que alguien lo había criticado por usar una chamarra bomber de 900 pesos, cuando ese alguien usaba unas botas que también eran parte del sistema corporativista. Y yo, amarranavajas, voy y le envío un screenshot de esto a Paula.

Paula no quedó conforme con quemarlo en las redes sociales; mientras charlábamos en los pasillos de aquel lugar, ambos se encuentran y sostienen una discusión ideológica. Ella: no queremos gente como tú en la escena. Él: yo puedo decir y tatuarme lo que yo quiera. De algún modo y, poniéndome indolente y acrítico, ambos tenían razón (aunque sé que no, la esquizofrenia colectiva es siempre injusta y violenta). Paula se levanta, toma el café de Peter e intenta tirárselo encima, pero él, mucho más alto y largo como una anguila, la toma del brazo y el café cae por el suelo y sobre la chamarra llena de estoperoles y símbolos punkies de mi amiga en su mayor parte.

Estoy seguro que en algún lugar de algún basurero, entre una bolita de papel mojado ya seco, quemándose al sol, existe alguna frase de Peter Sloterdijk con la que pudiera iniciar mi discurso moral, (sí, eso es lo que intento escribir). Pero Luisa se encargó de echar a la basura gran parte de mi memoria. Sus razones son lo suficientemente idiotas como las que tuvo Porfirio Díaz al traerse europeos para refinar su entorno, el agradable color de la gente que caminaba por las calles y, tal vez me equivoque pero habría sido él el culpable de traer a esos enanos italianos chipileños que se hablan en un españitaliano en sus calles hediondas a mierda de vaca (entre ellos a los antepasados de Luisa). Disculpe usted; puede hacerme saber cada vez que me salga del discurso pero un vino chileno me revuelve de pronto las ideas. ¡Muérete Luisa, y en el infierno chúpasela a don Porfirio a quien tanto admiras; además te gustan mayorcitos…!

Como no tengo en mis manos “Crítica de la razón cínica” (ahora estará pisoteado por los zapatos rotos y malolientes de algún pepenador en el basurero del Bordo de Xochiaca), sólo tengo mis ideas y las exhibiré sin pudor; ahora el cínico soy yo. El fascismo ha vivido y vivirá eternamente. No hace falta bandera, no hacen falta ideas o una raza específica. En algún texto Umberto Eco me daría la razón; no hace falta ser güero y reproducirte con tu primo (como hacen los malditos chipileños en un apestoso rincón de Puebla); no hace falta una bandera. Es una actitud pretendida llevar a cabo desde una idea, sería mucho decir “una filosofía”. Las ideas han muerto: qué más ejemplos se necesitan que la Segunda Guerra Mundial o los desastres atómicos. Una hibridación de ideas (como el llamado anarquismo de derechas), hoy causa mucha hilaridad, e incluso se sospecha de provocación: pregúntenle a Houellebecq (quien también se ahogó en mi lavadora). ¿Un ambiente pacífico y de respeto ante el otro? Al parecer sólo ha sido posible después de una gran andanada de muertes. Después del franquismo, cuando se creó la ahora llamada “movida madrileña”, falangistas creaban grupos de rock al lado de homosexuales y cantaban sobre ello; punkis cantaban a favor del nacionalsocialismo francamente, o hijas burócratas de Franco tenían grupos exitosos (véase las bandas y fanzines del tiempo de Kaka de Luxe, Espasmódicos, Mecano); y en el “ambiente” se hablaba de discutir las ideas, cuestionar las palabras, pero siempre respetar a la persona. ¡Y funcionó! ¿Pero después de una dictadura asesina cuánto tiempo les duró el gusto?, ¿seis años? Hoy en España hay grupos de ultraderecha que asesinan sudacas mientras a Albert Pla le multan por cantar que los políticos deberían ser asesinados mientras van sin guaruras. ¿Y en México? Ja… el país más fascista del jodido mundo, para mí, tal vez porque no conozco otro excepto Estados Unidos. ¿Pero qué nos falta para tener en el asta bandera del zócalo un trapo con estrellas y franjas? Yo espero el momento sin esperanzas de nada, como siempre. Sólo profetizo.

Así pues. La guerra por cualquier razón viaja libremente por nuestras venas, en nuestra sangre mestiza jodida por el colesterol o alguna sustancia química ajena al cuerpo. En The Acid House de Irvine Welsh (ése se salvó, pero quedará arrugado el resto de su vida, cómo tú, Luisa, maldita hueca sin cerebro que también terminarás arrugada y jodida de los riñones), hay un relato donde dos filósofos discuten sus ideas mientras juegan ajedrez en un parque, o el patio de alguna universidad (hace años lo leí, no recuerdo la anécdota, pero sí la idea que quiero derramar aquí, sin sentido alguno). Discuten, cuestionan, incluso crean nuevas ideas a través del lenguaje hasta que sus tripas no pueden más. Sus limitados cerebros de humanos llegan a un punto límite en el que no pueden permitir que el otro tenga la razón. (¿Quién tiene la razón en este mundo, carajo? Todos. Nadie). Y, claro, la violencia brota  al grado de que los profesores de filosofía terminan dándose de puñetazos como dos borrachos de pulquería golpeándose por una suripanta.

Las tripas siempre triunfan.

Así pues, ratas sin poder, como somos, con una comunicación mediocre y un lenguaje adaptado al beneficio de los poderes mundiales, no queda otra que aceptar la violencia como derrota (¿o como triunfo?). Mi cuerpo y mis tripas y mi mente como la santísima trinidad: si el Dios mayor me hablara y me encargara que gobernara este mundito de mierda, seguiría los pasos con los que ha seguido la civilización: la guerra. Al igual que Pol Pot en Camboya sólo permitiría a quienes tienen una pureza espiritual (ya no racial, política, filosófica. Espiritual), que vivieran en el nuevo paraíso; que habitaran el nuevo mundo. Primero daría armas para matar a los impuros y luego les adiestraría por el camino de  la meditación y la soledad a niños de cinco años. Angelitos puros con armas serían los salvadores de la humanidad. Moriría la cultura, morirían las ideas, moriría el poder (excepto el mío: directo de Dios); y así comenzaría una nueva vida. Una vida pura. Una solución angelical.

Mientras esto no ocurra sigamos viviendo como perros oliendo culos ajenos, con los colmillos bien dispuestos a penetrar.

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