La noche del jueves 3 de septiembre, el palacio de los deportes recibió con localidades agotadas, a un Siddhartha que volvía a pisar el escenario del escarabajo de cobre. «El tu y yo y tour» sonó y sonó contundente en el espacio.
Comenzó temprano y puntual, 8:30 de la noche, el grito emanó de las entrañas del inmueble, se sintió una ligera vibración, el lugar ya exhalaba gritos de euforia, y se cargaba de una expectativa que nos inguyó en su misticismo. De fondo, los visuales de intro, el roce de las cuerdas, los pasos en el escenario, los integrantes subiendo a la tarima, esos segundos de paz antes de que el huracán de emociones tocara tierra.
Paraíso lunar y un aura violeta tiñeron el lugar, empezó duro y al corazón, la piel se erizó, en la valla, los cuerpos se arrullaban con los ojos cerrados, las gargantas coreando a tope. El lugar presumió a todas luces un lleno incuestionable. Siddhartha y compañía, ya instalados, entregaron las primeras canciones con una cadencia total, deslizándose por el escenario, mostrando esa naturalidad que ya son característicos del músico, así, sonaron; «tú y yo y tú», «tarde» y «buscándote». Hubo una pequeña pausa, suficiente para cultivar el aplauso, lo cosechó al final del primer bloque de canciones, y sonrió mientras agradecía a los casi 16 mil fans que se dieron cita un lluvioso jueves de septiembre. Siddhartha se rindió ante el público y este hizo lo propio de vuelta, como un pequeño ritual ya instalado y bien conocido entre los asistentes. Su rostro conmovido y su lenguaje corporal no ocutlaba la emoción de quién esperaba esa chispa que encienda la conexión entre los asistentes.

«Escápate conmigo», «nada por hecho» y «80 días» se fueron sumando al repertorio, mismo que la gente mantuvo en alto en todo momento.
Siete discos de estudio se dicen fácil, pero, repasar los inicios de su camino lleva indudablemente a la melancolia del recuerdo, de cuando la banda tocaba en lugares de 200 personas, cuando había tiempo de compartir algunas palabras de admiración, aliento o simplemente saludar, Siddhartha es ese tipo que se tomaba el tiempo de estrechar la mano del último asistente, ahora, que se ha multiplicado su rango de alcance, hace lo propio, pero desde su música, que abraza el corazón y dota de nuevos recuerdos, una mano en el hombro, es lo que resulta de cada concierto, un saludo de un viejo amigo a través de sus canciones.
El concierto siguió, «recordemos un poco nuestra historia» dijo, antes de comenzar un pequeño set que trajo de vuelta piezas como «la verdad», «náufrago» y «extraños» de su segundo disco, Náufrago.
Uno de los momentos más emotivos de la noche sucedieron cuando Siddhartha dedicó «Pedacito de mi corazón», «ésta canción tiene nombre y apellido» mencionó, y la euforia arropó el lugar, porque sin decirlo, todos y cada uno de nosotros sabíamos conmovidos la historia de Mar.
«Una noche tranquila», «imán» y «no tengo miedo» nos guiaron a la mitad del show, donde «a la distancia» se robaría por completo los suspiros, aplaudos y por supuesto las lágrimas de algunos fans, la versión en piano e interpretada con un sentimiento abismal, hizo crujir algunos corazones.
El hombre que nos hace viajar entre constelaciones y nebulosas con su musica firmó el primero de un doble soldout, no podía ser de otra forma que trayendo al presente la memoria del futuro. Siddhartha ha sembrado la semilla que lo llevará a su siguiente cosecha, el estadio GNP.

La noche del jueves 3 de septiembre, la vivimos entre canciones de diferentes épocas que lejos de generar una discordancia, se sentían más como un camino diseñado a la perfección. Para el final nos encontramos con canciones como; «Noche tranquila», «Me hace falta», «Película» y «Quiero enterrar mi corazón» que desenbocó en una fiesta con todo y músicos de regional, para este punto el final se veía muy cerca, pero tampoco nos preocupamos mucho, quizá entendimos que algo no es bello porque dure mucho, sino porque nos hace sentir, recordar y vivir.
La puerta de salida se abrió cuando comenzó a sonar «únicos» seguido del ya tradicional mariachi de «00:00», con los ánimos hasta el techo del palacio, fue que el broche de oro lo puso «Brújula» que, nos despidió entre un campo minado de emociones, lágrimas y manos en el aire, miradas al cielo, suspiros y el aplauso ensordecedor de los presentes. El palacio rendido, de pie todo el lugar, y al final un sensación de «estar completo», de haberlo entregado todo, y a la vez, de llenarse de energía, de una vibra distinta, fue como una especie de limpieza interna, un intercambio de vibraciones.
