Por: Angélica Camacho
Hubo un momento en el que parecía que el Mundial se iba a jugar en nuestra propia casa… sin nosotros.

Los precios de los boletos hicieron que, para miles de personas, vivir el torneo desde un estadio pareciera un privilegio inalcanzable. La mayor fiesta del fútbol llegaba a México y, por momentos, daba la impresión de que muchos solo podrían verla desde fuera.
Pero México terminó encontrando la forma de colarse a su propia fiesta.
Reforma se convirtió en un punto de encuentro durante los partidos. Los FIFA Fan Festival reunieron a miles de personas. Tijuana recibió a la selección de Irán cuando las restricciones migratorias impuestas por Estados Unidos la obligaron a concentrarse en México. Y no fueron pocos los que terminaron alentando a Cabo Verde, como si durante unas semanas cualquier historia digna de contarse también pudiera sentirse un poco nuestra.
Podían verlo desde casa. Sin embargo, eligieron la lluvia, el tráfico y una pantalla compartida.
Bastaba un gol para que un solo grito recorriera varias cuadras de Reforma. Por un instante era imposible saber de dónde venía. Parecía salir de la ciudad entera.
Émile Durkheim llamó a esa experiencia efervescencia colectiva: esos momentos en los que una comunidad comparte una emoción que, individualmente, difícilmente sentiría con la misma intensidad. Un concierto. Una marcha. Una ceremonia. O un Mundial.

Y entonces llegó Inglaterra.
La tormenta eléctrica.
Los rayos.
La espera.
Como si hasta Tláloc hubiera querido regalarnos unos minutos más para seguir creyendo.
Después llegó el 3-2.
Llegaron las críticas.
Y volvió esa sensación tan conocida de quedarse a un paso.
Porque también sería injusto ignorar la realidad. México volvió a mostrar limitaciones frente a una selección de primer nivel. Esa conversación existe y merece darse.
Pero mientras aparecían los inevitables “gracias por ilusionarnos”, no podía dejar de pensar en otra cosa.
La ilusión fue creciendo conforme México avanzaba. Cada victoria hacía que el “¿y si sí?” dejara de ser solo un eslogan repetido en anuncios, publicaciones y redes sociales para sentirse como una posibilidad real. No porque México hubiera dejado de tener limitaciones, sino porque avanzar dejó de parecer imposible.
México no se ilusiona porque ignore la realidad. México se ilusiona porque la conoce demasiado bien.
Conoce el cansancio de jornadas interminables. Conoce el “ya merito”.
Conoce lo que significa darlo todo y, aun así, quedarse a un paso.

Vivimos en una época que parece haber normalizado no detenerse nunca. Incluso cuando el mundo atraviesa guerras, crisis económicas o conflictos que afectan la vida de millones de personas, la rutina sigue exigiendo lo mismo: levantarse, trabajar, producir y continuar. Como si sentir, hacer una pausa o simplemente ilusionarse fueran cosas que hubiera que posponer.
Porque no todo en la vida necesita ser útil para tener valor.
Quizá esa sea una de las lecciones más bonitas que deja este Mundial.
No la de un marcador.
Ni la de una eliminación.
Sino la de un país que encontró la manera de hacer suyo un Mundial que, por momentos, parecía estar fuera de su alcance.
Porque, al final, antes de ser una multitud, somos personas.
Cada quien encontraba en esa cancha algo distinto. No solo un pase a la siguiente ronda.
También una posibilidad.
Cada quien cuidaba, en silencio, su propio “¿y si sí?”.