Iván Ferreiro convirtió el Teatro Metropólitan en un viaje de hoy x ayer

Texto: Angélica Camacho

Fotografías: Alexis Fernández

Fotografía: Angélica Camacho
Fotografía: Angélica Camacho

La noche del 3 de septiembre, la marquesina del Metropólitan, uno de los teatros más bonitos de la CDMX marcaba el nombre de Iván Ferreiro, anunciando una noche que prometía recorrer canciones, recuerdos y distintas etapas de una historia musical que lleva décadas encontrando nuevas formas de quedarse con nosotros.

Y así fue.

El concierto comenzó con Hoy x Ayer.

Y quizá no había una mejor manera de empezar. Porque desde ese primer momento, el título de la gira parecía funcionar también como una declaración de lo que estaba por venir: un recorrido por distintas épocas, recuerdos y canciones de una trayectoria que lleva décadas encontrando nuevas formas de quedarse con nosotros.

Después llegó Muertos, un tema de Los Piratas, la banda que marcó una etapa fundamental en la trayectoria de Iván. Y entonces el viaje comenzó a tomar forma.

Si algo tuvo esta noche fue precisamente eso: temas que, al menos de este lado del Atlántico, no siempre tenemos la oportunidad de escuchar en directo, tanto de Los Piratas como de su carrera como solista.

Fotografías: Alexis Fernández​
Fotografías: Alexis Fernández

Sonaron Casa, Ahora vivo aquí, Te echaré de menos y El dormilón, recuperando distintos momentos de la historia de Iván. Y ahí, en ese teatro, estaban solo los que importan.

Hasta llegar a uno de los primeros grandes momentos de la noche: El equilibrio es imposible

La canción fue recibida con un coro que creció por todo el teatro, acompañado por gritos y aplausos. Era una de esas escenas que dejan claro cuánto conocen los seguidores cada palabra de un repertorio que ha viajado con ellos durante años.

Después llegó Jugar con los coches, otro de esos temas que acá no escuchamos seguido en vivo y que se sintió como uno de los regalos para quienes conocen cada rincón de la discografía de Iván.

Algo que también se agradeció fue que Iván y Amaro no escatimaron en temas. El repertorio avanzó generoso, dejando espacio para distintas etapas de su historia musical. Y qué decir del grupo de músicos que los acompañó: un auténtico grupazo en vivo, con una ejecución impecable y una presencia que hizo crecer cada uno de los temas.

Entonces llegó El pensamiento circular.

Las luces se tiñeron de azul y el Teatro Metropólitan pareció entrar en otra dimensión. Azul como la profundidad. Azul como aquello que miramos cuando pensamos demasiado. Azul como ese lugar extraño al que regresamos cuando alguien ocupa nuestra cabeza más veces de las que quisiéramos admitir.

No muchas.

Ni tampoco pocas.

Solo las suficientes para que un tema pueda convertirse en recuerdo.

Después llegaron SPNB, Mi matadero clandestino y El viaje de Chihiro, pero todavía faltaba uno de los momentos más sorprendentes de la noche.

En el alambre apareció acompañada por una atmósfera de ritmos electrónicos que encontró su reflejo perfecto en las luces y las imágenes de la pantalla. Todo parecía tener pulso. Los ritmos, las luces, las imágenes: el escenario entero latía como un corazón.

Fotografías: Alexis Fernández​
Fotografías: Alexis Fernández

Era uno de esos momentos difíciles de explicar después.

Porque hay conciertos que pueden documentarse perfectamente en video y, aun así, ninguna grabación consigue transmitir lo que significó estar ahí. En el alambre fue uno de ellos. Había algo físico en esa combinación de sonido, luz y movimiento que hacía que el tema dejara de ser solamente música para convertirse en una experiencia.

Durante la noche, Iván contó que no le gusta demasiado hablar durante los shows y que prefería aprovechar ese tiempo para tocar más.

Y así avanzó la noche, entre una pieza y otra, dejando que la música ocupara el espacio.

Hacia el final llegó Cómo conocí a vuestra madre, uno de esos temas hermosos que cambian la energía del público. De pronto el teatro tenía ganas de comerse el mundo, de saltar, de cantar y de dejarse llevar por una melodía que tiene algo luminoso dentro de la discografía de Iván.

Y después llegó Turnedo.

La noche encontró ahí uno de sus momentos más altos. La letra avanza sin un estribillo que vuelva una y otra vez, hasta llegar a ese final en el que la pregunta se repite y se queda suspendida.

En el Metropólitan, el público respondió cantándola junto a Iván. Una voz detrás de otra, hasta que aquel final terminó convertido en uno de los momentos más intensos de la noche.

Y fue ahí donde pensé que, de alguna manera, acabábamos de vivir un “Turnedo a la mexicana”. No porque la canción hubiera cambiado, sino porque esa noche ya había encontrado su propia forma de ser cantada aquí, en esta ciudad, por quienes llevan años haciendo suyas estas palabras.

El concierto terminó con Mi coco, dejando al público satisfecho, emocionado y con ganas de más Iván. Pero, sobre todo, con la sensación de haber recibido algo que no siempre ocurre en un concierto: la posibilidad de escuchar temas inesperados, recuperar algunos que llevaban tiempo esperando su momento y descubrir cómo todos ellos podían convivir en una misma noche.

No cabe duda de que Iván y Amaro Ferreiro han construido una complicidad musical muy particular. Son hermanos, músicos y compositores que llevan años convirtiendo palabras, melodías y recuerdos en canciones capaces de acompañar distintas etapas de una vida.

Las luces se encendieron, el teatro comenzó a vaciarse y afuera la ciudad seguía con su propio ritmo.

Pero quizá las canciones de Iván ya tienen también su propia Ciudad de México. Han pasado por sus calles, se han encontrado con sus paisajes y, de alguna manera, han terminado formando parte de las historias de quienes las escuchamos aquí.

Y quizá eso sea lo más bonito de la música. Que viaja, cambia de paisaje y termina perteneciendo un poco a quienes la escuchan.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.