Por: Angélica Camacho
Este 14 y 15 de marzo se llevó a cabo el Vive Latino en la Ciudad de México.
Y sí: volvió exactamente la misma conversación de todos los años.

El Vive no programa para encajar en una etiqueta. Se programa desde cómo escuchamos y sí, también desde lo que vende. Así somos los latinos: intensos, apasionados, nos gusta el despecho, lo coreable y el desmadre llevado al máximo. Todo eso convive aquí, en dos días, sin permiso y sin pedir explicación.
A simple vista, hay nombres que activan la narrativa de siempre: Enjambre, La Maldita Vecindad, Fobia o Los Fabulosos Cadillacs. Bandas que han pasado varias veces por el festival y que, para muchos, alcanzan para decir que “es lo mismo”.
Pero el cartel no se queda ahí.

En otro plano aparecen nombres como Lenny Kravitz, John Fogerty y la primera vez de The Smashing Pumpkins, un debut que llevaba años pendiente.
Más abajo —donde no todos voltean— están Madreperla, Malcriada, Reyna Tropical, Margaritas Podridas, Alcalá Norte, Rusowsky o Monobloc. Proyectos que no entran en la conversación fácil.
Y en medio de todo eso, decisiones que no encajan en la idea rígida del festival: como El Gran Combo de Puerto Rico o Sonido La Changa, compartiendo mapa con guitarras y distorsión.
También están los momentos que sí mueven conversación. El regreso de Fobia con Elohim Corona en la batería no pasó desapercibido.
Y luego están los espacios donde el festival se abre sin filtro. Música pa’ mandar a volar volvió a aparecer como ese lugar donde lo coreable y lo intenso toman el centro. Decir que es lo mismo de siempre también es lo más fácil.

Por eso no sorprende que en un mismo recorrido aparezcan Amanda Miguel, Avatar o Nacho Vegas. No es contradicción. Es forma de escuchar: aquí se canta lo que se sabe, lo que no y lo que todavía nadie esperaba.
También está la gente. Chavorrucos, jóvenes, los que van cada año y los que apenas llegan. El que entra por una banda y termina quedándose en otra.
Este año dejó eso otra vez. Descubrimientos como Erin Memento o Angélica Victoria, y momentos donde el cálculo simplemente no alcanza: Juanes con un escenario que se quedó corto, gente desbordando y canciones coreadas completas. Juanes soltando Paranoid de Black Sabbath y The Smashing Pumpkins metiendo Take My Breath Away de Berlin en su set.
Y también lo que se repite y sigue funcionando.
Ahí está La Maldita Vecindad con Pachuco: una canción sobre cómo se juzga a los jóvenes por cómo se ven o lo que escuchan. Décadas después, sigue sonando igual de vigente.
Por eso decir que “es lo mismo de siempre” es quedarse en lo más visible.

Porque el cartel no está hecho solo de eso. También está lleno de nombres que no todo el mundo ubica. Y ahí es donde realmente se mueve: en lo que todavía no es masivo, en lo que aparece sin tanto reflector. Allí conviven todos: tribus, géneros, clases sociales, edades; todo lo latino, con intensidad y respeto. Así somos: mezclando, viviendo, escuchando de todo y llevándolo al máximo.
El problema no es el cartel.
Es la idea rígida de quien lo mira.
El Vive Latino sigue pasando.
Y sigue generando FOMO.