Por: Jhosafaht Ramirez
Fotografías: César Vicuña / OCESA

El sábado, 21 de enero, el Pepsi Center WTC se convirtió en pista de baile pues El Gran Silencio, banda originaria de Monterrey, Nuevo León, celebró 33 años de trayectoria con un concierto que funcionó como recorrido por su historia y declaración de permanencia.
La noche arrancaba con Llegó la cumbia y, desde el primer acordeón, el público entendió que la celebración iba en serio. Prende la vela terminó de encender el ambiente y la mezcla que los define —cumbia, ska, reggae, rock y salsa— marcó el pulso durante dos horas y media.
El repertorio avanzó como una línea del tiempo: Decadencia, Tonta canción, Super Riddim Internacional, Song Bong, Círculo de amor, No sabemos amar y Duerme soñando fueron coreadas por distintas generaciones que compartían la misma energía frente al escenario.

Hubo espacio para los homenajes. La banda recordó a José José con Lo que no fue no será; a Chavela Vargas, a través de un clip proyectado en pantalla; y a su amigo Celso Piña interpretando Cumbia lunera. También sonó Lourinha Bombril de Os Paralamas do Sucesso, guiño a la influencia brasileña que ha acompañado su camino.
A lo largo del show se sumaron invitados con bajo, guitarra, acordeón y trompetas, ampliando la fuerza del escenario. En uno de los momentos más celebrados, varios niños fueron invitados a bailar; entre ellos, una niña invidente que subió durante Chúntaro Style, canción con la que cerraron la noche entre saltos y un coro colectivo.

Treinta y tres años después de su formación en Monterrey, El Gran Silencio mantiene intacta su sello: fusión, barrio y fiesta compartida.