Por: Renata Barreiro
Este 21 de febrero de 2026, el mundo de la música latina está de luto. A los 75 años
falleció Willie Colón, una de las figuras más influyentes en la historia de la salsa y de la
música latina contemporánea. La noticia fue dada a conocer por su familia y por
personas de su entorno cercano. Hasta el momento, no se han hecho públicos detalles
clínicos específicos sobre la causa de su muerte.
El músico se encontraba ingresado en un hospital de Nueva York, donde había sido
internado días antes debido a un deterioro en su estado de salud que generó
preocupación entre colegas y fanáticos. Aunque la familia no ha detallado oficialmente
la causa específica del deceso, versiones periodísticas señalan que sus problemas
respiratorios habían sido un factor significativo en su reciente ingreso médico.
Su partida provocó una inmediata reacción en
la comunidad musical de América Latina y
Estados Unidos, donde su obra es reconocida
no solo por su relevancia artística, sino por su
impacto cultural, social y político en la
construcción de una identidad latina urbana
durante la segunda mitad del siglo XX.

De los inicios de “El Malo del Bronx”, al mundo entero
Willie Colón nació el 28 de abril de 1950 en El Bronx, Nueva York, en el seno de una
familia puertorriqueña. Fue en ese barrio multicultural donde absorbió ritmos caribeños, jazz, blues y soul, que más adelante fusionaría en su obra. Creció en el corazón de una comunidad migrante marcada por la mezcla social y la desigualdad urbana. Desde ahí construyó una identidad artística que nunca buscó suavizar la realidad que lo rodeaba.
Willie incursionó muy joven dentro de la escena latina de Nueva York. Su irrupción en
la escena musical, a finales de la década de los sesenta, coincidió con el nacimiento de
una industria que estaba dando forma a un nuevo lenguaje para la música latina en
Estados Unidos. Desde el sello Fania Records, Willie Colón se convirtió en uno de los
arquitectos de un sonido que definió a toda una generación.
A Willie Colón se le conoció como “El Malo del Bronx” a partir de la imagen que
construyó desde su primer álbum El Malo (1967). En el cual expusó un gesto consciente de reapropiación del estigma que pesaba sobre los barrios latinos de El Bronx. En un contexto donde a los jóvenes migrantes se les asociaba sistemáticamente con criminalidad, marginalidad y peligro, Colón tomó ese estereotipo —el “malo”, el problemático, el incómodo— y lo convirtió en identidad artística y en marca cultural: no para glorificar la violencia, sino para exhibirla como producto de una exclusión social más profunda. El apodo funcionó así como una forma de resistencia simbólica, una manera de decir que el barrio no necesitaba maquillarse para ser escuchado y que la salsa podía apropiarse de los prejuicios para transformarlos en discurso musical.
El punto de quiebre llegó con su colaboración junto a Rubén Blades. En 1978 publicaron Siembra, un disco que transformó para siempre la manera de escribir y escuchar salsa. Ahí aparecen canciones como Pedro Navaja, una historia de violencia urbana y marginalidad narrada como si fuera un corto cinematográfico, y El Gran Varón, que abordó temas de identidad, familia y exclusión social en un género que, hasta entonces, rara vez se atrevía a hacerlo de forma tan frontal. Para muchas personas, ese álbum fue la primera vez que la música popular se parecía tanto a su propia vida.
Con Siembra, la salsa adquirió una dimensión narrativa inédita en el circuito comercial
latino. La canción dejó de ser solo un espacio para el desahogo emocional y se
convirtió en un territorio para contar historias sociales, para retratar conflictos urbanos y
para construir personajes complejos que no encajaban en la épica tradicional de la
música popular.
Legado de Willie Colón: su revolución narrativa y simbiosis musical
La magia de Willie Colón no estuvo únicamente en la fusión de estilos, sino en la
simbiosis musical que logró dentro de la salsa: una integración orgánica donde cada
elemento —jazz, música afrocaribeña, bolero, son cubano y estructuras armónicas
contemporáneas— convivía sin imponerse sobre los demás. Colón entendió el arreglo
como un espacio narrativo. Dió protagonismo al trombón como voz principal,
desplazando su función tradicional de acompañamiento para convertirlo en un
instrumento discursivo, capaz de marcar tensión, dramatismo y carácter urbano. Sus
arreglos se construían a partir de secciones de metales densas, síncopas marcadas,
cambios rítmicos internos y una interacción constante entre base rítmica y melodía.
La verdadera innovación de Willie Colón fue abrir una brecha creativa que le dio a la
salsa un sello profundamente personal, desde la sonoridad de sus arreglos —marcados
por el protagonismo de los metales y una arquitectura rítmica más compleja— hasta la
profundidad narrativa de las letras que decidió impulsar como productor y director
musical. Ese giro transformó el horizonte del género y modificó la lógica del propio
mercado: la salsa dejó de depender únicamente del baile y la evasión para
conectar con el público a través de historias reconocibles, conflictos sociales y
personajes reales.
Ese lenguaje puede escucharse con claridad en canciones como Idilio, donde el bolero
y la balada romántica se integran a un arreglo salsero sofisticado, y en piezas como
Cosa Nuestra, uno de sus primeros manifiestos sonoros, donde ya aparece ese uso
protagónico del trombón como eje narrativo.
Desde ese lugar, Colón impulsó y consolidó trayectorias fundamentales para el género,
como las de Héctor Lavoe, Rubén Blades y Celia Cruz, no sólo como intérpretes,
sino como voces con identidad artística propia, integradas a una propuesta musical
donde la fusión, el arreglo y el contenido social formaban un mismo cuerpo sonoro.
Colón entendió algo que muy pocos artistas lograron sostener durante décadas: que la
música también puede ser una herramienta de conciencia. Su obra colocó en el
centro a comunidades históricamente invisibilizadas y convirtió la experiencia latina en materia artística legítima, compleja y digna de ser contada sin filtros.
Demostró que era posible cautivar a audiencias masivas sin renunciar al mensaje, y que la música popular también podía interpelar, incomodar y generar conciencia. Willie Colón no deja únicamente una discografía monumental. Deja una forma de entender la salsa como memoria, como denuncia y como identidad colectiva: como archivo de la diáspora latina.
El adiós de una leyenda, el cierre de una era en la historia de la salsa
La salsa pierde a uno de sus pilares más sólidos, y la música latina, a un narrador
insustituible. Willie Colón fue la combinación de un trombón potente, una mirada crítica
y una sensibilidad profunda por la historia de su gente. Su muerte no sólo marca el
cierre de una biografía única, sino una pausa en la memoria colectiva de quienes se
reconocieron en su sonido.
Durante más de cinco décadas, Willie fue una de las piezas centrales de la
transformación de un género que pasó de los salones de baile a los grandes
escenarios internacionales, sin perder su vínculo con el barrio y los conflictos cotidianos
de las comunidades migrantes. Su partida marca también el final simbólico de una
generación que entendió la música como una forma de representación cultural, pero
también como una herramienta de consciencia.
La muerte de Willie Colón, no solo es la despedida de un músico fundamental: es el
cierre de una época en la que la salsa se convirtió en una forma de narrar la vida de la
diáspora latina, sus heridas, su orgullo y su manera de habitar el mundo. Como él
mismo demostró durante más de cinco décadas de carrera, la música puede ser
tiempo, espacio y memoria. Y Willie Colón, sobre todo, fue eso: un cronista del ritmo y
de la vida misma.