Por: Enrique Guerrero.
Más que un espectador, la película te vuelve cómplice del horror, mostrando la crueldad humana de una manera sutil, pero si se le presta atención se vuelve impactante y cruda.

Llega a las salas de cine, la nueva cinta del realizador Jonathan Glazer, Zona de Interés, que narra la historia del oficial alemán, Rudolf Höss, quien en pleno Holocausto se muda con su familia a una casa al lado de los campos de concentración, donde pasarán su verano.
Está muy marcado que se trata de un cineasta talentoso, pues el lenguaje cinematográfico destaca, en cuanto a los planos, movimientos, cada encuadre parece ser una postal y cuida al más mínimo detalle de la producción y los elementos técnicos, pues esta película se desarrolla en dos planos.
Estos dos planos son los propios del verano familiar de los Höss, y por detrás de manera muy sutil, casi imperceptible más que de fondo, como si fuera utilería de relleno, donde puedes ver los campos de concentración o escuchar lo que ocurre en ellos, a lo lejos, sin verlo.
En ese sentido, el director te hace cómplice, pues está ahí, ese horror detrás de la barda, sin embargo, como la familia protagónica, no volteas a ver, te es indiferente el dolor y la miseria, decidiendo ignorarlo e incluso llegar a normalizarlo, cual de un experimento se tratara, y por el contexto geopolítico actual, se torna más vigente.
A pesar de todo lo expuesto, la película no es para todos, pues no lleva una línea narrativa lineal y convencional, solamente son fragmentos, pasajes veraniegos de los muchos que hay, y su ritmo es demasiado lento, con pocos diálogos, y sin el contexto previo, puede causar frustración al público actual que está acostumbrado a que le muestren de manera explícita las cosas.
También, Zona de Interés se ocupa de un cierto contexto del suceso histórico, mínimo saber que Rudolf Höss existió. Además que conocer todo el proceso creativo de Glazer para llevar a cabo la adaptación de la novela de Martin Amis, aporta mucho a que se vea este filme bajo otra perspectiva.