Por: Cristhian Chavero López
Todos en algún momento de la adolescencia pugnamos por la libertad, de algún modo probamos los límites de nuestra sociedad, provocamos con la actitud, desde no obedecer una orden familiar y cotidiana hasta lidiar con las instituciones de justicia. Habrá quién no se dio cuenta de haberlo hecho de más joven y también quién lo grite todos los días como si hacerlo le hiciera aún más libre que sus congéneres.
Hay que entender que la libertad es un derecho humano, que según la RAE significa no ser esclavo, no estar preso, una facultad nata, no estar comprometido legalmente de alguna amanera. Asimismo las naciones pueden ser libres o no.
Liberar a un país o una región, una etnia, una cultura resulta una empresa enorme, sin embargo hacernos libres a nosotros mismos es algo más cercano a las posibilidades de cualquiera.
La libertad implica que uno mismo se recoja a una ley, a una moral, a un estatuto o un código y dentro de ese marco uno sea libre, por lo menos en consciencia. De otro modo se confunde la libertad con el principio del placer, es decir el mero capricho. Hay tantos libertarios que se autoproclaman así (no hablo únicamente de anarquistas) y son esclavos, como si fueran niños, de sus apetitos.
Eso es el libertinaje del que tanto se quejan las partes de la sociedad acomodadas, los conservadores que lloran por la anarquía en las calles y jamás reclaman por la vorágine que es la economía o la venta de niños para fines sexuales, jamás prevén que la privatización del agua y el petróleo no les beneficiará en algo, ni siquiera en las gracias de quien la compre y luego la niegue.
Justamente las consciencias que se sienten buenas hablan de libertinaje, como algo contrario a lo bueno, pero lo ven desde sus propios códigos morales, esos que regularmente parten de alguna religión y juzgan a los seres humanos. Ahí está el problema, esas personas que se sienten libres, quieren coartar a los demás no a partir de un contrato social, sino del pacto de un pueblo con su dios y por consecuencia de la interpretación de la reinterpretación de ese pacto. Trato del que jamás fuimos parte los que no creemos haberlo sido.
Qué difícil, por eso creo más en las leyes, porque aunque falibles son perfectibles, lo divino, por ser suprahumano se le pensará como correcto desde hace 3 o 6 mil años y ahora también; para los fieles la verdad divina es válida, correcta y acertada por tanto nada la podrá cambiar, si el libro dice que la pena es la muerte, así será. No intento mover su fe, la respeto de todo corazón, pero entiendan que aplicar a rajatabla la letra divina podría provocar un genocidio.
Una vez que alguien tiene una ley, un código al qué atenerse y que no choca de frente con los acuerdos culturales, escritos (en leyes o religiones) o tácitos, entonces deberá ser independiente en lo más básico, es decir en lo mínimo para vivir.
Cada cultura e individuo juzgará qué es lo mínimo, es decir si basta con un plato de arroz al día o también hace falta cultura, salud, vivienda, vestido, trabajo y la particularidad de cada situación y época.
Ese mínimo, es relativo, el cuartito de hoy puede no ser suficiente mañana; además hay que tomar en cuenta que ese mínimo se acaba y hay que tener recursos para renovarlo. Los alimentos que yo adquiera éste año los cagaré, sudaré, expulsaré y tendré que reponerlos continuamente.
Además hay que tomar en cuenta que por lo regular, las personas quieren compartir sus existencias, ya sea con una pareja, con varias parejas y con hijos o sin ellos. La libertad propia debe empatar con la de la otra persona o no será libertad.
La industria cultural repetirá que para ser libre hay que comprar algo, lo que sea y constantemente, sin darnos cuenta tendremos la sensación de que ese modelo de auto, esas vacaciones, ese atuendo nos hará libres, “por lo menos una noche”, “aunque sea ese diciembre”. Tal vez, sí, tal vez nuestras relaciones sean un desastre y nada de lo que compremos nos haga libres.
Desgraciadamente en nuestro país se ha reproducido una cultura emparentada con los latifundistas, los industriales, los delincuentes, esa cultura influye para que un individuo se sienta libre si puede atropellar en algún sentido a los demás. Esos hombres y mujeres se sienten libres si pueden violar, despedir, explotar, comerse a otros. Es una quimera, porque son esclavos de sus egos heridos, de la impresión que causan a los demás.
No quiero lastimar el orgullo de cualquier narcotraficante que me lea (lo dudo), sólo decir que si requieres repetir en una canción que a ti “se te respeta” es porque no te sientes respetado, además de que si necesitas matar a otro a disparos porque “se te quedó viendo muy verga”, deberías trabajar con un profesional la ausencia de amor de tus padres hacia ti.
Lo repetiré, los caprichos no son libertad, comprar lo que me pidan que compre no es libertad, hacer lo que mi pareja
me impone no es libertad, tener más dinero que mis parientes no es libertad, ser un adolescente tardío e irresponsable no es libertad, pasarme de listo no es libertad, andar con muchos individuos que ignoran lo que hago no me hace libre.
Cada persona tendrá una idea de libertad que tendrá que ir construyendo, independizarse de la cultura dominante y de los prejuicios ideológicos, de los genitales de otra persona, del dinero de tus padres, de la estabilidad arrastrada que dan la mayoría de los empleos, de los estereotipos aprendidos.
Sería conveniente recordar que esa idea que hoy anhelamos cambiará al toparse con la realidad; entender que no porque yo tenga bellos objetivos y pensamientos sucederán como yo los imaginé, que la vida es dura y la realidad pesada; pero también es bueno tomar en cuenta que no por eso deja de valer la pena, hay que intentarlo para, aunque sea doloroso, luchar por ser libre.